Con frecuencia leemos muchas frases inspiradoras que nos invitan a movernos, a llegar a la meta, a cumplir con el propósito, a llegar…a llegar… y de hecho es básico porque la acción es la que puede cambiar los resultados que queremos, solo que esto implica modificar el comportamiento, no es lo mismo decir que tenemos información de tenis que ser un jugador de tenis.

En esta línea de trabajo, la  Dra. Carmen Cordero, durante más de veinticinco años y doce de ellos en el Laboratorio de Neurociencias de la Universidad de Chile, con el Dr. Humberto Maturana,  se ha  dedicado al estudio del cuerpo, como se mueve y la disposición que la musculatura toma en cada emoción. Con esa sólida y robusta experiencia creó el Modelo de integración cognitivo-corporal, y nos enseña que el “hacer”, depende de nuestra propia biología y estructura corporal.

…”el cuerpo es modelado por la forma en que una persona se ha movido a lo largo de la vida y se relaciona directamente con la emoción que ha predominado en ella. Lo que le ocurre está relacionado con su historia, con lo que ha vivido su estructura corporal,  con el ordenamiento muscular asociado a una sensación que se convirtió en mecánica; no la elije,  por lo tanto para cambiar una conducta hay que cambiar el cuerpo, en otras palabras, la recurrencia de una emoción por sobre las demás va conformando un tipo de cuerpo, que tiene consecuencias en la forma de sentir y actuar de la persona”

Su modelo distingue  tres tipologías corporales, relacionadas con aptitudes y habilidades, de acuerdo a la emoción predominante: 1) las personas relacionales, que se han movido más en la pena y la alegría, tienen tejido adiposo, son empáticas y tienen inteligencia emocional; su principal recurso está en su habilidad para relacionarse con los otros. 2) las personas explicativas, que se han movido más en el miedo, tienen una musculatura larga, son reflexivas, observadoras y controladoras; su mayor recurso está en el lenguaje. 3) las personas motrices, con predominio de la rabia, tienen la musculatura bien desarrollada, especialmente en glúteos y piernas; se caracterizan por su inteligencia práctica y por ir directo a la acción.

La bióloga explica cómo funciona la integración cognitivo-corporal, con un ejemplo: “Un pequeño desplazamiento de la recurrencia emocional, apoyado desde un cambio corporal, genera un cambio en la conducta. He visto con frecuencia a personas que saben que deben poner límites, pero no consiguen lograrlo. Lo que pasa es que no pueden tomar la disposición física de la rabia, porque no tienen la musculatura para hacerlo; trabajándolos músculos correctos de una manera específica, poner límites sale solo. Y sale desde el cuerpo”…. aun cuando no se tiene una musculatura “sostenida”, el cuerpo las tiene y las tenemos todos, trabajando el aspecto motriz para desarrollar los músculos que reacomoden el cuerpo”.

Vale la pena recordar la ilusión en que hemos vivido creyendo que basta con saber y declarar algo  para que la transformación se produzca; conectarse con la experiencia sensorial tiene  un ritmo diferente al del conocimiento  intelectual porque tal vez sea más lento, tal vez requiera  más recurrencia, más experimentación;  la buena noticia es que una vez adquirido es imborrable, ¿Quién  aprendió a andar en bicicleta y se le olvidó?

El Cuerpo es nuestro trampolín desde donde nos lanzamos a la vida, es el quien ratifica, acompaña, enfatiza o contradice lo que decimos con las palabras, es el quien hace que las cosas sucedan, es el quien se encarga de sacarnos de los reinos de la imaginación.